Una campaña muy necesaria. Nuestro último trabajo para el Ministerio de Sanidad no es una campaña cualquiera, pone encima de la mesa los factores sociales que afectan a algo que últimamente está en boca de todos: la salud mental. Un trabajo muy cuidado y en el que hemos tenido una gran responsabilidad.
La salud mental de una persona depende tanto de su biología y experiencias personales como de las condiciones estructurales en las que vive. Entre los determinantes más relevantes que inciden en el desarrollo de malestares emocionales y psicológicos se encuentran las condiciones del mercado laboral. La competitividad, las jornadas laborales extensas, la falta de conciliación o la inseguridad económica son elementos que generan un desgaste emocional sostenido.
También la situación de la vivienda genera frustración en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes: la incapacidad para emanciparse, la obligación de compartir piso en edades avanzadas o la ansiedad ante la subida de hipotecas o contratos de alquiler inestables son causas frecuentes de preocupación, especialmente entre la población joven.
En el ámbito familiar y de pareja, se identifican también factores clave de deterioro de la salud mental, como la sobrecarga de cuidados o la autoexigencia ligada a roles tradicionales (madre ideal, pareja perfecta, hija ejemplar). Estos mandatos sociales afectan especialmente a las mujeres, generando una tensión continua entre expectativas externas y realidad cotidiana.
El entorno digital y las redes sociales ejercen una influencia significativa en la salud mental. Fenómenos como la búsqueda de aprobación, la inseguridad generada por comparaciones constantes, el acoso en línea y la exposición a discursos de odio o sexualización afectan particularmente a adolescentes y jóvenes. En este grupo, además, se identifica una paradoja social: a pesar de estar hiperconectados, muchas personas experimentan una soledad no deseada, producto de relaciones superficiales y falta de vínculos profundos.
